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El coleccionista
Juguetes
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El arquitecto mexicano Roberto Shimizu muestra más de un millón de trebejos en uno de los museos más importantes de la cultura popular.

Texto: Con datos de EFE • Fotos: EFE

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… y así, hasta un millón. ¡Un millón! Que se dice pronto, pero cuesta lo suyo. Y si no, que se lo pregunten al mexicano de origen japonés Roberto Shimizu, que ha superado esa cifra de juguetes en lo que ahora es su casa-museo. Ha tardado medio siglo, claro. Para saber del interés de su colección, basta con echar un vistazo a la foto superior. La indudable fascinación que irradia el niño no requiere mayor explicación.

Con estudios en Londres y Tokio, Roberto Shimizu expone ahora y de forma gratuita 10.000 piezas rebosantes de vida. 10.000 ilusiones que, algún día, provocaron más de una sonrisa infantil. Las exhibe en su casa, convertida en el Museo Antiguo del Juguete, ubicado en la popular colonia de La Obrera, en pleno centro de México Distrito Federal.

Aviones, locomotoras, barcos, muñecas, robots, pistolas, relojes, carritos, peluches… son juguetes de los siglos XIX y XX. Los ha reunido desde que era niño, desde que sus padres se dedicaban a la venta de comida y de cacharros traídos del lejano Japón.

Nada de máquinas electrónicas

Algunos son regalos, pero no todos. Otros son adquisiciones propias, puesto que Shimizu ha visitado durante años antiguos almacenes y mercados, en los que se ha dejado una fortuna que prefiere no cuantificar.

Con un millón de trebejos en su colección, parece evidente que los juguetes no son sólo cosa de niños. Por lo menos, no desde ahora. No, teniendo en cuenta los miles y miles de recuerdos que almacena Shimizu en su casa.

¿Sigue disfrutando Shimizu, a sus 64 años, de las ganas de divertirse? Más bien, su propósito se dirige por otro lado. Su más grande anhelo es demostrar que “hay una historia en cada juguete y que los viejos juguetes eran creativos y fueron pensados para fomentar la sociabilidad entre los menores”, manifiesta el coleccionista.

Eso sí, a pesar del millón de piezas del museo, en la cifra no hay cabida para los aparatos electrónicos, tan de moda en los últimos años. El único motivo: Shimizu considera que convierten a los niños en “jugadores solitarios”.

Porque si algo pretende este mexicano es que todos, pequeños y mayores, hombres y mujeres, altos ejecutivos y azafatas de vuelo, chapistas y peluqueras, vuelvan a sentir el cosquilleo por la diversión, que vuelvan a sentir las “ganas de jugar”. Que regresen, aunque sólo sea por unos instantes, hasta el mágico momento que dura el hechizo de contemplar el ingente repertorio de Shimizu. Un fin para el que ha dedicado las cuatro salas que integran el museo, hecho realidad sin ayudas públicas ni privadas.

De pulgas a barcos

Un circo de pulgas milimétricas fabricadas en base a papel —literal, no ha leído mal— es una de las estrellas de esta exposición, ubicada en dos pisos de un edificio de cinco y que fue usado por sus padres como casa y almacén. Es “el mejor espectáculo del mundo”, comenta ufano Shimizu.

Desde la entrada, los visitantes se familiarizan con juguetes de manufactura europea, asiática y mexicana. Todos parecen tener vida. Y, en el fondo, la tienen en cada una de las historias que esconden. Sólo hace falta descubrirlas. Con una gran gama de colores, modelos y materiales, hay para todos los gustos. Y colores. Quizá por eso, cuentan miles de historias. Y de ilusiones.

Para rizar aún más el rizo, estos objetos se guardan en vitrinas diseñadas por el propio Shimizu. Las ha confeccionado sobre el soporte de antiguos aparatos reciclados como transformadores eléctricos, calderas, bombas de gasolina y chasis de automóviles, entre otras perlas.

En otra de las habitaciones se pueden ver objetos rescatados en ferias, salones de baile o centros recreativos. Todos, dedicadas a las décadas de 1950 y 1980. Un pequeño homenaje histórico.

Como buen mexicano y coleccionista, no podía faltar entre sus ‘joyas’ un especial homenaje a la lucha libre mexicana. Y qué mejor excusa de mostrar para la ocasión reminiscencias de varios personajes famosos en el cuadrilátero, como el traje original y una carta del Santo, también conocido como el Enmascarado de Plata, junto a una cabeza de caballo de madera obtenida en la casa del actor mexicano Pedro Infante. Todo encuentra su sitio —y su sentido— a este lado de La Obrera.

El responsable de la difusión del Museo, Alberto García, asegura que otros miles de juguetes esperan su propio salón para presentarse al público. Una actitud paciente que tendrá que demorarse hasta la llegada de nuevos patrocinadores.

Mientras eso ocurre y mientras las autoridades educativas del país fomentan las visitas escolares y la Secretaría de Turismo lo recomienda en las guías más recientes como uno de los mejores museos de arte popular de la capital mexicana, el arquitecto Roberto Shimizu seguirá guardando todos y cada uno de los juguetes, todas y cada una de las historias, que tenga al alcance de la mano. Lo hará para niños y adultos, para hombres y mujeres. Pero, sobre todo, lo hará para mostrar la vida que éstos esconden dentro.

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